martes, 17 de noviembre de 2009

COMO CUENTA EL PLANETA MISMO

Como cuenta el planeta mismo, hubo miles de millones de razas y de especies antes de que el “virus” del homo sapiens lo invadiera por completo.  De entre esas tantas especies hubo también una mucho más evolucionada, una que ya había pasado por bacteria, por insecto, por reptil, por mamífero y hasta por humano, una que tuvo que esconderse para que no la invadiera también ese virus que nunca pudo evolucionar.  Dice que desesperados por el crecimiento de esa especie, que ellos mismos denominaron “virus”, partieron a donde estos nunca los pudieran siquiera divisar.  Construyeron entonces castillos de hielo entre las nubes conectados por manantiales como autopistas y en poco tiempo tuvieron metrópolis enteras de acogedora neblina.
Dice también que así mismo el virus desarrolló lo que él mismo llamó “inteligencia”, algo que le ayudó a prevalecer sobre su víctima y a aprovecharla mejor.  Ésta le ayudó también a desarrollar lo que llamó “tecnología”, y dice que fue entonces cuando inconscientemente aceptó el papel que le habían dado los evolucionados que vivían en los cielos, el de “virus”, porque fue desde entonces que realmente dejó de evolucionar, para empezar a civilizarse . . . y según asegura también, fue en ese momento cuando los mismos evolucionados temieron a lo que los virus llamaban civilización, y les declararon la guerra, como aceptando un reto que esa especie, hasta ahora menospreciada, nunca siquiera imaginó. 
Mas dice que cuando estos seres alados y  hermosos ante los ojos subdesarrollados de los humanos, los atacaban, no les causaban el daño deseado.  Dice que no lo causaban porque esos pobres humanos ni siquiera entendían lo que ocurría, pero que si temían, temían porque como ahora todo se basaba en su inteligencia, si encontraban algo que no podían entender, simplemente le temían.  Y que como no entendían ni lo que temían, decidieron sumirse y por eso ahora “adoran” a los seres esos que se escapan de su lógica y su entendimiento.
Pero cuenta un individuo de entre ese virus que él nunca les temió, que él los vio posibles, que para él lo que era ilógico eran las “ciencias”, los “dogmas”, en general la “civilización” y sus explicaciones.  Y no sólo eso, asegura que pudo haberlo demostrado, pero eso hubiera sido la muerte en su sociedad y desgraciadamente para aquel entonces no sabía portarse como algo mas que humano, que aunque sabía la verdad, no podía demostrarla, ¡porque no sabía cómo!.  Y que por eso se escondió mezclándose con su especie, para que no lo mortificaran más de lo mortificado que ya vivía.  
Cuenta también una espécimen de los que viven en los cielos que ellos temieron fue porque pensaron que la llamada “inteligencia” sería capaz de alcanzarlos en su morada, pero que se dieron cuenta de que cuando los aviones y las naves espaciales pasaban por sus líquidas ventanas, los ocupantes de éstas no eran capaces de percibirlos, de que su visión seguía limitada al horizonte físico y material y que por eso habían dejado de atacar.  Pero dice que aunque ahora los ignoraban, ella no era capaz de hacerlo y por eso se dejó caer sin que los de su especie se dieran cuenta.
Dicen las nubes que cuando iba cayendo retrocedió su tiempo para parecer tan involucionada como un espécimen del virus ese y poder así mezclarse fácilmente.  Aseguran también que para ese entonces el individuo de entre el virus se sentía frustrado, mas no vencido, pues aunque ya había fortalecido sus convicciones y estaba dispuesto a luchar contra su especie misma si era posible para demostrar que no existe una verdad absoluta, sino que existen realidades subjetivas, aun no sabía cómo demostrárselos, pero la lucha ni siquiera había iniciado, así que comenzó a correr por el planeta entero para encontrar esa prueba material que le daría la razón a su lucha, eso que comprobaría su teoría. 
Cuentan caminos y senderos que corrió lo suficiente como para que sus músculos se desarrollaran exageradamente y lo suficiente como para que su mente fuera más rápida y más sabia que cualquiera de su especie.  Que recorrió cada rincón del planeta las veces que fueron suficientes para que no se le escapara ningún detalle, y que se tomó el tiempo suficiente en cada uno de estos espacios para entender qué era lo que veía, cómo había llegado a tomar esa forma, e incluso cómo sería su forma final o verdadera... para saber más allá de lo evidente y lo sensitivo...
Además aseguran que ella mientras tanto se desarrolló entre esa especie, la cual le atendió como a una de ellos y que nunca notó esa marcada diferencia de capacidades y de habilidades que poseía para hacer esas cosas mundanas que ellos asumían como vitales.  Y que fue en el transcurso de este desarrollo que olvidó un poco y como quería, su conciencia de superioridad, esa heredada de su especie original, y fue desarrollando consigo algo que los de esa especie llamaban “sentimiento”.  Sabía que era algo similar al temor, a la ansiedad, al cansancio, pero que no era nada ligado con el instinto. 
Así que, según el reflejo de la luz en los cristales, fue entonces cuando su belleza comenzó a delatar su origen celestial, y que él, que ahora veía, oía, olía, sentía, y hasta sabía más que cualquier otro humano, cualitativa y cuantitativamente, la raptó.   Dice que ella no se resistió, solo lo observó como había hecho con todo desde que había llegado, y que pudo notar en él tal como él lo notó en ella y como ningún otro ser lo había hecho... que era diferente.  No por la velocidad a la que la llevaba, ni por su piel resistente pero suave, ni mucho menos por su voz que era como un canto de caricias, sino porque a diferencia de los de esa especie, él no temió.   Y que cuando se detuvieron en la cima de la montaña más alta ella acababa de entender que eso que le habían enseñado los humanos era como otra especie de instinto, perceptible en las partes aún líquidas del cuerpo,  y que por eso no se había resistido, había entendido que era por “eso” que ella tampoco había temido. 
Al moverse a esa velocidad se crea una estela de color tan brillante que sólo se ve desde los cielos, y como el individuo superdesarrollado ya la había provocado  en ocasiones anteriores, los seres alados lo tenían bajo vigilancia, así que se dieron cuenta inmediatamente de la fugitiva inadvertida.  Mas ellos tan pronto lo dedujeron se escondieron en la velocidad de las montañas para crecer con ellas y así podersen  disfrutar tranquilamente.  Pero allí también tenían agentes los seres del cielo así que huyeron a tiempo y nadaron hasta el centro del planeta en donde se acurrucaron cubriéndose con el manto del mar para que no los oyeran en sus delirios.   Mas los poderosos alados no se quedarían quietos ante la pérdida de uno de su especie, y menos si eso significaba admitir haber perdido contra un humano, así que desplegaron todo su personal por el planeta y fue entonces cuando el “virus” se dio cuenta de que no todos sus enemigos eran tan hermosos como hasta ahora habían parecido.  Esta vez no era un asunto de territorio, esta vez buscaban algo que era suyo y lo encontrarían por los medios que fueran necesarios.
Los humanos, desesperados cuando las alabanzas ya no funcionaban para repeler los ataques despiadados de sus enemigos, intentaron nuevos tipos de ritos y sacrificios que compadecieran a sus amedrentadores, pero tras la regular ineficacia los métodos se hicieron aún más variados y comenzaron a dividir el pensamiento de ese virus que parecía imposible de erradicar.  Unos querían combatirlos aunque aún no supieran cómo.  Otros querían ignorarlos a pesar de la obvia imposibilidad de esto.  Había quienes proponían llevar la redención a la rendición porque según ellos, ya no había qué perder.  Mas había también quienes ya tenían una noción de lo que estos seres querían y estaban dispuestos a ayudarlos, pero también estaban divididos, proponían diferentes procedimientos para hacerlo basados en distintas teorías de la finalidad del ataque de los dioses, de lo que realmente buscaban o querían de ellos.  El hecho es que sí emprendieron una búsqueda sin saber siquiera qué buscar, y en un golpe del azar encontraron bajo el mar lo que sus hermosos enemigos buscaban y ellos ni siquiera vieron, no porque no hubieran querido, sino porque no pudieron, sus ojos sólo les describieron una estela de luz que emergió del agua centelleante y veloz, como un dragón que dejaba al paso sus huellas en el cielo hechas de agua brillante que levita.
Pero asegura el viento que eran ellos, y que no estaban solos, que llevaban sus frutos de la mano de su madre como ésta de la mano de su guía de fuga.  Dice que habían creído tener la fuerza necesaria para alcanzar la velocidad suficiente como para no ser vistos por esos seres hermosos que eran enemigos de todo lo diferente a ellos.  Y dice también que sí los vieron, pero que como se dirigieron a la parte oscura de la luna prefirieron no seguirlos, pues sabían que si lo hacían volverían a escapar y así la persecución nunca tendría fin.  Pensaron que mientras estuvieran allí serían inofensivos, pues les era preferible saber donde estaban a no saber nada de ellos y temer así lo que estuvieran haciendo o pudieran hacer.
Sin embargo, como cuenta el planeta mismo, los seres alados que se creían superevolucionados y sobredesarrollados nunca se atrevieron a asomarse a ese lado oscuro de la luna que habían declarado prisión y por eso no se enteraron nunca de que lo que menos era, era una prisión.  Los frutos de esos dos seres que habían demostrado ser una nueva especie, habían inundado la mitad del satélite como un gigantesco jardín infantil, allí sus padres les habían enseñado todo lo que necesitaban saber del cielo y de la tierra, y cuando les fue pequeño este espacio invadieron el resto de la luna. Dice que para ese entonces ya los seres esos con ínfulas de superioridad los habían descuidado, mas no olvidado, y por eso ni entonces siquiera se percataron de su existencia, que cuando los vieron, lo hicieron fue porque estaban saltando de la luna para sumergirse en la tierra, y caían a ésta como una lluvia de estrellas.  Y que hasta estos hermosos y presumidos seres alados admitieron que eran más fuertes, más rápidos y más hábiles que ellos... admitieron que eran preciosos...
...y el virus ese que no había dejado de alabar, suplicar, orar, sacrificar, implorar... siguió creyendo que todo fenómeno natural era un ataque, presenció la lluvia de estrellas y sus consecuencias, y nunca se enteró de nada.


lunes, 2 de noviembre de 2009

"Pero la flor imploró"

"PERO LA FLOR IMPLORO"


Sugestionado entonces emergió de la maleza abrupta para apreciar así la naturaleza móvil y viva que sólo se le revelaba cuando se encontraba en ese estado. Le susurraba el agite de las hojas uno que otro secreto que nunca había podido decodificar, como nunca lo había logrado con el silbido de las ramas, ni con el crujido de la hoja seca en el suelo, ni con la corriente de agua, ni siquiera con el del mismo viento que circundaba en su oreja, nunca pudo... hasta ese instante.
Fastuosa y muy exacta vio entre verdes delirantes una flor color candela, de bordes rojos algo brillantes que se difuminaban en un amarillo que surgía del centro, era cuatro grandes pétalos que resplandecían en un reino mas allá del hombre.
La muy preciosa le pidió que le llevara consigo a donde alguien más le pudiera admirar sus exclusivos y fascinantes pétalos. El hombre, encantado con poder entender pero aterrado con lo que le pedía, se negó argumentando que le mataría al desprenderla de su tallo. ¡Pero la flor imploro! Puesto que según ella de todos modos se marchitaría para luego seca ser parte de la tierra. El hombre no lo refutó pero alegó que si lo hiciera aceleraría este proceso y algo tan bello debía adornar la tierra y sus habitantes el mayor tiempo que se pudiera. ¡Pero la flor imploro! Lo hizo con un largo discurso sobre el llegar a la infranqueable muerte habiendo adornado en vano un reino verde que jamas recibe la admiración de los hombres, y al fin lo convenció.
Cortó a la flor de su raíz sin recibir quejido de esta y se aceleró a llegar a casa para ponerla en el mas fino de los jarrones de cristal, en la mesita de sala para que su abuela, su abuelo, sus padres, sus hijos, sus tíos, sus amigos, pudieran apreciarle. Mas el sol era fuerte y sus manos transpiraban, el tallo y los pétalos tornábanse en un ocre claro que se intensificaba a cada paso. La angustia le invadía y quiso consolarse preguntándole como se sentía, pero pensó que era mejor no hacerla hablar, queriendo remediar quien sabe qué comenzó a correr teniendo en su mente la imagen del fino jarrón de cristal con agua clara dentro, pensaba que esto revitalizaría a tan afortunada flor.
Pero varios pasos después la firmeza engalanada que la flor poseía se desvaneció y el ocre intenso se tornó marrón. Le preguntó cómo se sentía pero esta no respondió. Cuando se disponía a concluir que había muerto, sintió el ardor sofocante de los rayos del sol sobre su cabeza, sintió también que el viento le golpeaba la cara de manera fastidiosa y que varios mosquitos le revoloteaban las orejas. Supo en ese momento que la sugestión con su efecto habían desaparecido, que aparentemente había perdido ya el recién descubierto don.
Sin sugestionarse entonces retornó a la maleza abrupta, y al reino verde vivo, le pidió perdón mil veces. Porque sabía ahora que no era suficiente con excusarse en "¡Pero la flor imploro!", pues como cualquier ser humano concebido en esta era, debía saber muy bien que nuestras alucinaciones están dentro de los parámetros de nuestro conocimiento y basta sabiduría. Así que luego se acostó en la tierra húmeda para escuchar lo de siempre y lo que todos podemos oír sin que quiera decir nada mas que el hecho de que todo está vivo, como nosotros.