Como cuenta el planeta mismo, hubo miles de millones de razas y de
especies antes de que el “virus” del homo sapiens lo invadiera por
completo. De entre esas tantas especies
hubo también una mucho más evolucionada, una que ya había pasado por bacteria,
por insecto, por reptil, por mamífero y hasta por humano, una que tuvo que
esconderse para que no la invadiera también ese virus que nunca pudo
evolucionar. Dice que desesperados por
el crecimiento de esa especie, que ellos mismos denominaron “virus”, partieron
a donde estos nunca los pudieran siquiera divisar. Construyeron entonces castillos de hielo
entre las nubes conectados por manantiales como autopistas y en poco tiempo
tuvieron metrópolis enteras de acogedora neblina.
Dice también que así mismo el virus desarrolló lo que él mismo llamó
“inteligencia”, algo que le ayudó a prevalecer sobre su víctima y a
aprovecharla mejor. Ésta le ayudó
también a desarrollar lo que llamó “tecnología”, y dice que fue entonces cuando
inconscientemente aceptó el papel que le habían dado los evolucionados que
vivían en los cielos, el de “virus”, porque fue desde entonces que realmente
dejó de evolucionar, para empezar a civilizarse . . . y según asegura también,
fue en ese momento cuando los mismos evolucionados temieron a lo que los virus
llamaban civilización, y les declararon la guerra, como aceptando un reto que
esa especie, hasta ahora menospreciada, nunca siquiera imaginó.
Mas dice que cuando estos seres alados y hermosos ante los ojos subdesarrollados de
los humanos, los atacaban, no les causaban el daño deseado. Dice que no lo causaban porque esos pobres
humanos ni siquiera entendían lo que ocurría, pero que si temían, temían porque
como ahora todo se basaba en su inteligencia, si encontraban algo que no podían
entender, simplemente le temían. Y que
como no entendían ni lo que temían, decidieron sumirse y por eso ahora “adoran”
a los seres esos que se escapan de su lógica y su entendimiento.
Pero cuenta un individuo de entre ese virus que él nunca les temió, que
él los vio posibles, que para él lo que era ilógico eran las “ciencias”, los
“dogmas”, en general la “civilización” y sus explicaciones. Y no sólo eso, asegura que pudo haberlo
demostrado, pero eso hubiera sido la muerte en su sociedad y desgraciadamente
para aquel entonces no sabía portarse como algo mas que humano, que aunque
sabía la verdad, no podía demostrarla, ¡porque no sabía cómo!. Y que por eso se escondió mezclándose con su
especie, para que no lo mortificaran más de lo mortificado que ya vivía.
Cuenta también una espécimen de los que viven en los cielos que ellos
temieron fue porque pensaron que la llamada “inteligencia” sería capaz de
alcanzarlos en su morada, pero que se dieron cuenta de que cuando los aviones y
las naves espaciales pasaban por sus líquidas ventanas, los ocupantes de éstas
no eran capaces de percibirlos, de que su visión seguía limitada al horizonte
físico y material y que por eso habían dejado de atacar. Pero dice que aunque ahora los ignoraban,
ella no era capaz de hacerlo y por eso se dejó caer sin que los de su especie
se dieran cuenta.
Dicen las nubes que cuando iba cayendo retrocedió su tiempo para
parecer tan involucionada como un espécimen del virus ese y poder así mezclarse
fácilmente. Aseguran también que para
ese entonces el individuo de entre el virus se sentía frustrado, mas no
vencido, pues aunque ya había fortalecido sus convicciones y estaba dispuesto a
luchar contra su especie misma si era posible para demostrar que no existe una
verdad absoluta, sino que existen realidades subjetivas, aun no sabía cómo
demostrárselos, pero la lucha ni siquiera había iniciado, así que comenzó a
correr por el planeta entero para encontrar esa prueba material que le daría la
razón a su lucha, eso que comprobaría su teoría.
Cuentan caminos y senderos que corrió lo suficiente como para que sus
músculos se desarrollaran exageradamente y lo suficiente como para que su mente
fuera más rápida y más sabia que cualquiera de su especie. Que recorrió cada rincón del planeta las
veces que fueron suficientes para que no se le escapara ningún detalle, y que
se tomó el tiempo suficiente en cada uno de estos espacios para entender qué
era lo que veía, cómo había llegado a tomar esa forma, e incluso cómo sería su
forma final o verdadera... para saber más allá de lo evidente y lo sensitivo...
Además aseguran que ella mientras tanto se desarrolló entre esa
especie, la cual le atendió como a una de ellos y que nunca notó esa marcada
diferencia de capacidades y de habilidades que poseía para hacer esas cosas
mundanas que ellos asumían como vitales.
Y que fue en el transcurso de este desarrollo que olvidó un poco y como
quería, su conciencia de superioridad, esa heredada de su especie original, y
fue desarrollando consigo algo que los de esa especie llamaban
“sentimiento”. Sabía que era algo
similar al temor, a la ansiedad, al cansancio, pero que no era nada ligado con
el instinto.
Así que, según el reflejo de la luz en los cristales, fue entonces
cuando su belleza comenzó a delatar su origen celestial, y que él, que ahora
veía, oía, olía, sentía, y hasta sabía más que cualquier otro humano,
cualitativa y cuantitativamente, la raptó.
Dice que ella no se resistió, solo lo observó como había hecho con todo
desde que había llegado, y que pudo notar en él tal como él lo notó en ella y
como ningún otro ser lo había hecho... que era diferente. No por la velocidad a la que la llevaba, ni
por su piel resistente pero suave, ni mucho menos por su voz que era como un
canto de caricias, sino porque a diferencia de los de esa especie, él no
temió. Y que cuando se detuvieron en la
cima de la montaña más alta ella acababa de entender que eso que le habían
enseñado los humanos era como otra especie de instinto, perceptible en las
partes aún líquidas del cuerpo, y que
por eso no se había resistido, había entendido que era por “eso” que ella
tampoco había temido.
Al moverse a esa velocidad se crea una estela de color tan brillante
que sólo se ve desde los cielos, y como el individuo superdesarrollado ya la
había provocado en ocasiones anteriores,
los seres alados lo tenían bajo vigilancia, así que se dieron cuenta
inmediatamente de la fugitiva inadvertida.
Mas ellos tan pronto lo dedujeron se escondieron en la velocidad de las
montañas para crecer con ellas y así podersen
disfrutar tranquilamente. Pero
allí también tenían agentes los seres del cielo así que huyeron a tiempo y
nadaron hasta el centro del planeta en donde se acurrucaron cubriéndose con el
manto del mar para que no los oyeran en sus delirios. Mas los poderosos alados no se quedarían
quietos ante la pérdida de uno de su especie, y menos si eso significaba
admitir haber perdido contra un humano, así que desplegaron todo su personal
por el planeta y fue entonces cuando el “virus” se dio cuenta de que no todos
sus enemigos eran tan hermosos como hasta ahora habían parecido. Esta vez no era un asunto de territorio, esta
vez buscaban algo que era suyo y lo encontrarían por los medios que fueran
necesarios.
Los humanos, desesperados cuando las alabanzas ya no funcionaban para
repeler los ataques despiadados de sus enemigos, intentaron nuevos tipos de
ritos y sacrificios que compadecieran a sus amedrentadores, pero tras la
regular ineficacia los métodos se hicieron aún más variados y comenzaron a
dividir el pensamiento de ese virus que parecía imposible de erradicar. Unos querían combatirlos aunque aún no
supieran cómo. Otros querían ignorarlos
a pesar de la obvia imposibilidad de esto.
Había quienes proponían llevar la redención a la rendición porque según
ellos, ya no había qué perder. Mas había
también quienes ya tenían una noción de lo que estos seres querían y estaban
dispuestos a ayudarlos, pero también estaban divididos, proponían diferentes
procedimientos para hacerlo basados en distintas teorías de la finalidad del
ataque de los dioses, de lo que realmente buscaban o querían de ellos. El hecho es que sí emprendieron una búsqueda
sin saber siquiera qué buscar, y en un golpe del azar encontraron bajo el mar lo
que sus hermosos enemigos buscaban y ellos ni siquiera vieron, no porque no
hubieran querido, sino porque no pudieron, sus ojos sólo les describieron una
estela de luz que emergió del agua centelleante y veloz, como un dragón que
dejaba al paso sus huellas en el cielo hechas de agua brillante que levita.
Pero asegura el viento que eran ellos, y que no estaban solos, que
llevaban sus frutos de la mano de su madre como ésta de la mano de su guía de
fuga. Dice que habían creído tener la
fuerza necesaria para alcanzar la velocidad suficiente como para no ser vistos
por esos seres hermosos que eran enemigos de todo lo diferente a ellos. Y dice también que sí los vieron, pero que
como se dirigieron a la parte oscura de la luna prefirieron no seguirlos, pues
sabían que si lo hacían volverían a escapar y así la persecución nunca tendría
fin. Pensaron que mientras estuvieran
allí serían inofensivos, pues les era preferible saber donde estaban a no saber
nada de ellos y temer así lo que estuvieran haciendo o pudieran hacer.
Sin embargo, como cuenta el planeta mismo, los seres alados que se
creían superevolucionados y sobredesarrollados nunca se atrevieron a asomarse a
ese lado oscuro de la luna que habían declarado prisión y por eso no se
enteraron nunca de que lo que menos era, era una prisión. Los frutos de esos dos seres que habían
demostrado ser una nueva especie, habían inundado la mitad del satélite como un
gigantesco jardín infantil, allí sus padres les habían enseñado todo lo que
necesitaban saber del cielo y de la tierra, y cuando les fue pequeño este
espacio invadieron el resto de la luna. Dice que para ese entonces ya los seres
esos con ínfulas de superioridad los habían descuidado, mas no olvidado, y por
eso ni entonces siquiera se percataron de su existencia, que cuando los vieron,
lo hicieron fue porque estaban saltando de la luna para sumergirse en la
tierra, y caían a ésta como una lluvia de estrellas. Y que hasta estos hermosos y presumidos seres
alados admitieron que eran más fuertes, más rápidos y más hábiles que ellos...
admitieron que eran preciosos...
...y el virus ese que no había dejado de alabar, suplicar, orar,
sacrificar, implorar... siguió creyendo que todo fenómeno natural era un
ataque, presenció la lluvia de estrellas y sus consecuencias, y nunca se enteró
de nada.

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