lunes, 2 de noviembre de 2009

"Pero la flor imploró"

"PERO LA FLOR IMPLORO"


Sugestionado entonces emergió de la maleza abrupta para apreciar así la naturaleza móvil y viva que sólo se le revelaba cuando se encontraba en ese estado. Le susurraba el agite de las hojas uno que otro secreto que nunca había podido decodificar, como nunca lo había logrado con el silbido de las ramas, ni con el crujido de la hoja seca en el suelo, ni con la corriente de agua, ni siquiera con el del mismo viento que circundaba en su oreja, nunca pudo... hasta ese instante.
Fastuosa y muy exacta vio entre verdes delirantes una flor color candela, de bordes rojos algo brillantes que se difuminaban en un amarillo que surgía del centro, era cuatro grandes pétalos que resplandecían en un reino mas allá del hombre.
La muy preciosa le pidió que le llevara consigo a donde alguien más le pudiera admirar sus exclusivos y fascinantes pétalos. El hombre, encantado con poder entender pero aterrado con lo que le pedía, se negó argumentando que le mataría al desprenderla de su tallo. ¡Pero la flor imploro! Puesto que según ella de todos modos se marchitaría para luego seca ser parte de la tierra. El hombre no lo refutó pero alegó que si lo hiciera aceleraría este proceso y algo tan bello debía adornar la tierra y sus habitantes el mayor tiempo que se pudiera. ¡Pero la flor imploro! Lo hizo con un largo discurso sobre el llegar a la infranqueable muerte habiendo adornado en vano un reino verde que jamas recibe la admiración de los hombres, y al fin lo convenció.
Cortó a la flor de su raíz sin recibir quejido de esta y se aceleró a llegar a casa para ponerla en el mas fino de los jarrones de cristal, en la mesita de sala para que su abuela, su abuelo, sus padres, sus hijos, sus tíos, sus amigos, pudieran apreciarle. Mas el sol era fuerte y sus manos transpiraban, el tallo y los pétalos tornábanse en un ocre claro que se intensificaba a cada paso. La angustia le invadía y quiso consolarse preguntándole como se sentía, pero pensó que era mejor no hacerla hablar, queriendo remediar quien sabe qué comenzó a correr teniendo en su mente la imagen del fino jarrón de cristal con agua clara dentro, pensaba que esto revitalizaría a tan afortunada flor.
Pero varios pasos después la firmeza engalanada que la flor poseía se desvaneció y el ocre intenso se tornó marrón. Le preguntó cómo se sentía pero esta no respondió. Cuando se disponía a concluir que había muerto, sintió el ardor sofocante de los rayos del sol sobre su cabeza, sintió también que el viento le golpeaba la cara de manera fastidiosa y que varios mosquitos le revoloteaban las orejas. Supo en ese momento que la sugestión con su efecto habían desaparecido, que aparentemente había perdido ya el recién descubierto don.
Sin sugestionarse entonces retornó a la maleza abrupta, y al reino verde vivo, le pidió perdón mil veces. Porque sabía ahora que no era suficiente con excusarse en "¡Pero la flor imploro!", pues como cualquier ser humano concebido en esta era, debía saber muy bien que nuestras alucinaciones están dentro de los parámetros de nuestro conocimiento y basta sabiduría. Así que luego se acostó en la tierra húmeda para escuchar lo de siempre y lo que todos podemos oír sin que quiera decir nada mas que el hecho de que todo está vivo, como nosotros.

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